martes, 21 de julio de 2020

Mario Lorán, actor


Vida de teatro

Cuando uno se pone a charlar con Mario Lorán se entera que está embarcado en innumerables proyectos que tienen que ver con su profesión de actor. Ahora mismo –por ejemplo- me cuenta del próximo estreno de La Persuasión, una serie que saldrá en la TV Pública y en la que comparte elenco con Arturo Bonin, Susana Cart, Cristina Fridman y Lalo Mir entre otros. De todo esto, de cómo se inició en el camino de la actuación y de muchos temas más conversamos con él en esta entrega de Random.  


Música del alma

-¿Cómo te iniciaste en la actuación?

ML- Mi historia en el escenario es de larga data y en un principio no tenía que ver con la actuación, sino con la música. A mí me gustó cantar desde muy chico, pero por usar mal la voz tuve problemas en las cuerdas vocales hasta que pude hacer foniatría y recuperarme. Y como no quería dejar de pisar un escenario me acerqué al teatro, sin tener idea, ni referencias. Tampoco tenía antecedentes familiares de alguien cercano a la actuación.

-¿Se escuchaba música en tu casa?

ML- Si. Nosotros éramos una familia muy humilde, pero con mucho esfuerzo mis padres pudieron comprar un tocadiscos -un Winco chiquito- en el que se escuchaba la música que le gustaba a ellos: el tango, el folklore –Los Fronterizos, Los Chalchaleros- y yo enseguida me entusiasme con el canto. En la escuela primaria ya tenía un registro vocal muy potente, entonces en los actos las señoritas me ponían a cantar.

-Y también cantabas fuera de la escuela imagino…

ML- Claro. Tengo el recuerdo de cantar en mi casa con un palo de escoba, que lo ponía en un hueco en la tierra, e imaginaba un micrófono. Y de juntar monedas –porque mis padres no me podían dar dinero- para comprar revistas con las letras de las canciones de la época. Te estoy hablando de los años 60, los cantantes de música en libertad: Jhonny Tedesco, Chico Novarro; Nicky Jones, Palito Ortega. Me devoraba esas revistas, las cuidaba como un tesoro, me aprendía las canciones de memoria y cantaba. Cantaba en el patio de mi casa, y cuando mi mamá me pedía algún mandado y salía, por ahí los vecinos me decían que les cantara algo. Siempre me gustó la música.

-¿Y en qué momento te subiste a un escenario por primera vez?

ML- Yo soy de Campana. En esa época no era tan común que en las casas hubiera un televisor, así que las formas de entretenimiento eran los teatros, las ferias de la alegría, donde había concursos, magos, orquestas en vivo… se llenaba de gente. Yo empecé a participar en los  concursos de canto,  y como ganaba seguido no me dejaron participar más (risas). Pero en cambio me propusieron ser cantante estable de ese espectáculo que se hacía todos los domingos… yo era un chico.

-¿Y seguiste con la música?

ML- Sí. A los 12 o 13 años me junte con unos chicos un poco mayores que yo y formamos una banda, que empezó a actuar en los clubes casi todos los fines de semana: hacíamos baladas, rock, canciones de Los Gatos, de los Iracundos. Y además ganábamos alguna moneda, cosa que nunca venía mal. Así fue hasta los 17 o 18 años, cuando tuve que dejar de cantar, algo que sufrí mucho porque cantar era mi pasión.


Tablas

Carmelo, "He visto a Dios" - Teatro Nacional Cervantes
-¿Cómo fueron tus comienzos en el teatro?

ML- En esa época las cosas eran distintas que ahora. No existían talleres ni lugares donde uno pudiera formarse: la única manera era pisando un escenario y tratando de interpretar lo que quería el director. Había que encarar el personaje con la mayor osadía posible y salir al ruedo. Así fueron las cosas no solo para mí, sino para todos los que comenzamos a actuar en ese entonces y para los que ya venían haciendo su camino.   
 
-¿En qué año debutaste?

ML- Yo debuté en el año 75 en una obra llamada Los prójimos, de Carlos Gorostiza, después de peregrinar durante mucho tiempo –más de un año- con el grupo de teatro TIN (Teatro Independiente Nosotros) que dirigía Eugenia Orlegui. Visitaba los ensayos, veía obras de la época  -recuerdo que me impresionó mucho una llamada El lugar (también de Gorostiza) en la que actuaba Negrita Galván, el Negro Alba, Miguel López entre otros- hasta que un día la directora me ofreció la oportunidad de actuar y así empecé.

-¿Si tuvieras que elegir una obra en la que actuaste cual sería?

ML- Creo que todas fueron importantes para mí, por eso sería injusto calificar a una por encima de otra. La gran mayoría fueron producciones independientes -como lo encaramos acá- y en otras ocasiones accedí a través de castings, como cuando actué en el Teatro nacional Cervantes, que es oficial. A veces eso tiene otro sabor, porque generalmente hay mucha gente que quiere esos papeles y si bien siempre la mirada de quien elige es subjetiva, uno compite y si gana es un privilegio.

-¿Nos podes contar de alguna de esas obras a las que llegaste por casting?

ML- Las que más recuerdo son He visto a Dios (2009) y Cien veces no debo (2015), ambas del Cervantes. En He visto a Dios me toco hacer el protagónico –que es muy fuerte, todo gira alrededor de ese personaje- y se presentaron más de 100 actores de toda la provincia para 6 lugares. Obtener ese papel me significó mucho orgullo… uno evalúa su carrera desde otro lugar. Más acá hice Amor de memoria y tuve que investigar la patología del personaje, que tenía síndrome de Korzakoff (es una afección que produce trastornos mentales, afecta la memoria y el aprendizaje, pero involucra también otras funciones cognitivas): fue un reto muy interesante llevarlo adelante y sostenerlo todo el tiempo que duraba la pieza. Ahora el Grupo La llave está subiendo a Youtube varias obras para que la gente acceda más fácilmente, y yo estoy viéndome en trabajos que ya no recordaba tanto, como Filomena Marturano, El enganche –con la que hicimos mucha gira-; El gran deschave o Juana Azurduy, que la pudimos llevar por muchas escuelas de la provincia.

-¿Te planteas objetivos con cada papel?

ML-Sí. Uno de mis propósitos es no repetirme, tratar de caracterizar cada personaje para que se diferencie de los demás.

-¿Como ves tú trayectoria?

ML- Estoy muy feliz de todo lo que he podido hacer. Todo me ha sumado para seguir avanzando y no bajarme nunca de este tren tan hermoso que es la actuación, y lo que he conseguido fue con trabajo, con la necesidad de observar, de aprender. He actuado en teatro principalmente, pero también en televisión, cine y radio: era un objetivo a lograr experimentar en otros lenguajes que son muy distintos entre sí.


Gustos

-¿Qué actores te conmueven?

ML-A nivel nacional el gran actor sin discusión fue Alfredo Alcón, es el que más me ha llegado. Y entre los extranjeros me gusta mucho Al Pacino, me moviliza por su forma sanguínea, casi latina de construir sus personajes.

-Y películas preferidas?

ML-Para mí Cinema Paradiso y La vida es bella son dos obras maestras, no solo por su forma narrativa desde lo cinematográfico, sino también por la forma en que el guionista y el director han adaptado esas historias al celuloide. Cinema es maravillosa, fantástica y casi teatral, mientras que La vida es bella es un canto al amor dentro del horror de la guerra. Nunca dejo de verlas cada vez que puedo.

-¿Tenés algún libro que te haya marcado?

ML- Si bien lo leí hace mucho tiempo, uno de los libros que más me impactó es El viejo y el mar de Hemingway, por el mensaje que deja. Es una obra maestra de la literatura que reúne varios temas trascendentales como lo son la soledad, la muerte, y también habla de cómo la sociedad  mira de costado a los viejos y los trata como desechos. Esa novela hace hincapié en la sabiduría que te dan los años, en la lucha por la supervivencia y por demostrar que uno todavía vale.



Para ver:




martes, 7 de julio de 2020

Román Ríos, cantautor


Coplas del camino
por Javi Kolker

Román Ríos es un hombre alto, de gran tamaño. Si uno no lo conoce su aspecto hasta podría ser intimidante, pero apenas conversa unos minutos su carácter afable confirma que es un gigante bonachón y sensible. Román es parte de la historia de la música uruguayense, ya que integró dos de las bandas más queridas y reconocidas por estos pagos: Sairá y Ensamble.

Días de radio

-¿Cuál fue tu primer contacto con la música?

RR- Que difícil esa pregunta! Es que tengo la sensación de que la música siempre estuvo conmigo. Desde chiquito me gustaba estar cerca de la radio, escuchar las canciones… y cuando empecé la escuela también. Tengo un recuerdo de unos chicos con una flautita a la que le llamaban tonete –que no se si sigue existiendo- mostrándole algo a la maestra de música, y a ella dándoles indicaciones. A mí me llamó la atención y le fui a decir a mi viejo que quería una flauta: como siempre me sacó corriendo (risas). Lamentablemente no tuve el apoyo para estudiar música y lo pude hacer recién después de terminado el secundario. En ese momento me compré una guitarra y empecé a tocar, a aprender canciones, y más adelante me compré un bajo.

-¿Se escuchaba música en tu casa?

RR- Si. En mi casa se escuchaba fundamentalmente tango porque le gustaba a mi viejo y a mi vieja, pero no teníamos equipo de música, ni tocadiscos: había una radio Noblex Carina, que yo creo salvó mi vida (risas). Y el miércoles a la noche era la cita obligada, se detenía el universo a la hora que empezaba el programa de Silvio Soldán en la televisión, - Grandes valores del tango-… era religioso en mi casa. A mí no me gustaba mucho pero lo miraba igual. Me quedaba con ellos acompañándolos y escuchando los tangos, los cantantes, las orquestas.

-¿Cómo es eso de que la radio salvó tu vida?

RR- Claro. Porque durante el día mi viejo laburaba, entonces yo podía usar la radio para conectarme con la música. Y creo que la radio definió mi forma de componer, de armar los repertorios. Me gusta la variedad de estilos y no tanto la cosa monotemática. Con la radio nunca sabes que música van a pasar, con que te van a salir.

-¿Tenías algún programa preferido?

RR-Escuchaba el programa de Sergio Peraza –en la CW35 de Paysandú- que se llamaba Entre nosotros. Creo que toda mi generación le prestaba mucha atención a ese programa porque a los pocos días que un disco salía en Europa, Peraza lo tenía. Pasaban música pop y rock progresivo, desde Yes, Génesis y Emerson, Lake & Palmer hasta Donna Summer o Earth Wine & Fire. Eso me fue formando porque a veces pasaba horas con la radio hasta pescar una canción de los Beatles, o de Stevie Wonder. Además una de las características del programa era que casi siempre cerraba con una canción de los Beatles, así que lo escuchaba hasta el final y después me iba a entrenamiento de básquet. Más de una vez llegué tarde por quedarme a escuchar algo que me volaba la cabeza y no lo podía dejar hasta que terminara.

Guitarra y voz

-¿Alguien tocaba algún instrumento en tu casa?  

RR- Mi viejo tocaba muy bien la guitarra y cantaba lindo también. Lamentablemente no eran muchas las veces que lo escuchábamos porque no tenía instrumento. Había alguna anécdota de sus juventudes donde perdió su guitarra en una pelea, en una de esas pulperías de campo y ahí nunca más quiso tener una. Así que lo escuchábamos en alguna fiesta cuando alguien le prestaba, y el accedía… ahí nos enterábamos que tocaba la guitarra recontra bien: canciones de Falú, cosas elaboradas, instrumentales también. Y mi mamá cantaba muy lindo. Me acuerdo de estar estudiando y ella lavando la ropa mientras cantaba La pulpera de Santa Lucia con una afinación perfecta, muy expresiva. Tal vez a partir de ahí los cuatro hermanos somos cantores. 
     
-¿Qué artistas te impactaron de chico?

RR- Los Beatles. Cuando en la radio terminaba de sonar una canción te decían el nombre y quien era el artista, entonces yo iba seleccionando lo que me gustaba. Un tal John Lennon, un tal Paul Mc Cartney, un tal George Harrison… no sabía quiénes eran, ni que banda integraban, pero me encantaba. Recién en tercer año unos compañeros me dijeron “a vos te gustan los Beatles… mañana vamos a estar en la casa de un amigo con casi todos los discos… si queres venite”. Cuando fui era como tocar el cielo con las manos. Los Beatles fue lo primero que escuche durante bastante tiempo. Me acuerdo que una vez llegué tarde al entrenamiento porque me quede oyendo una música que era como los Beatles, pero cantado en castellano.

-¿De quién estás hablando?

RR- De León Gieco tocando María del campo. Era algo totalmente diferente a lo que había escuchado en castellano; lo que más sonaba era Palito Ortega y ese tipo de música. Lo de Gieco tenía poesía, una sonoridad distinta. Me acuerdo de haber pensado “ah bueno, esto es otra cosa, entramos en otra dimensión, en un mundo paralelo”. Y esos mismos compañeros que tenían los discos de los Beatles también tenían los de León. Esas cosas me marcaron para siempre en mi historia musical.

-¿Y qué fue lo siguiente que escuchaste?

RR- Te lo cuento en el orden que los fui conociendo: Pink Floyd, Génesis, Yes, King Crimson, Led Zeppelin… esos me pegaron fuerte. De los locales Almendra y Aquelarre fundamentalmente, que me parecen de las bandas más importantes que dio el rock argentino y latinoamericano. Tenían algo distinto y no trataban de seguir la huella de todo el mundo para vender discos, sino que hacían algo personal y auténtico. Y tenían cosas para decir, para aportar… algo nuevo.

Lecturas

-¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

RR-Un día me enteré que se podía sacar libros de la biblioteca de la escuela y llevártelos a tu casa, y ahí empecé a leer los clásicos de la adolescencia: La isla del tesoro; 20.000 leguas de viaje submarino… Tenía poco acceso a los libros -que a veces me compraba mi hermana mayor, que trabajaba- pero me gustaba leer. Cuando terminé el secundario y empecé a trabajar ya me compré mis propios libros. Un día encontré una liquidación en una librería y -guiándome por referencias de mis amigos- me compré algunos libros de Hermann Hesse: Lobo estepario; Sidartha; Demián, que ni sé de qué se trataba, pero me acuerdo de haberlos leído con pasión, atrapado por esas escenas. Jean Paul Sartre también me gusto mucho. Otras cosas que compré -en cambio- no me llamaron la atención, no me gustaron (risas). Pero esos dos autores me cautivaron, y me llevaron a cambiar mi forma de ver la vida y el mundo; la relación con la gente y con los hechos.

Trayectoria musical

-¿Cómo empezaste a meterte en la música?

RR-Llegó un momento en que me cansé de la ingeniería -tenía aprobada un tercio de la carrera- y decidí darle una chance a la música. Empecé con una guitarra que cayó en mi casa, que se la debe haber olvidado alguien y quedó ahí: era un cacho de madera con cuerdas… guitarra era una forma de decirle (risas). Como en esa época ya trabajaba busqué alguien que me enseñara a tocar, y le pedí a Carlitos Tourfiní: él se aprendía las canciones que yo le decía y me las pasaba. Más que nada cosas de Litto Nebbia, de Spinetta… hasta que un día me enseño a sacar canciones por mí mismo y el paso siguiente fue empezar a componer.

-Y armaste tu primera banda.

RR-Así es. Me puse a buscar gente e hicimos Sairá… todo a los guachazos porque yo no sabía nada, ni afinar el bajo. No tenía oído para afinarlo y en esa época no había afinadores, pero era tanta la confianza y las ganas que teníamos que armamos los temas, los ensayamos y salimos a tocar.

-Y después entraste en Ensamble.

RR- Claro. Cuando Sairá se desmembró me invitaron a tocar en Ensamble, y ahí fue otra cosa porque había gente que sabía mucho. Y como tenía que estar a la altura me puse a estudiar con el bajo: Germán (Reynoso) me pasaba ejercicios para hacer con el instrumento y yo estaba horas tocando, hasta que más o menos lo domé. Ensamble debe haber sido el proyecto más importante en el que participé en cuanto a música creada y elaborada. Y hace unos años toqué con un bandoneonista de Concordia, Santos Maggi, que también era un tremendo músico. Pero si me das a elegir yo tengo los mejores recuerdos de Sairá porque fue la primera experiencia: fue todo muy salvaje, muy libre, espontáneo y romántico.

-¿Cómo seguiste después de Ensamble?

RR- Hubo unos años de interrupción en los que deje de tocar. Después volví con mis canciones que es la propuesta que mantengo hasta hoy, al principio con un toque más folklórico, y de a poco volviendo a las raíces.

-Si te piden que le pongas un nombre a tu estilo musical ¿cuál sería?

RR- Folklore urbano, que es una fusión entre folklore y música urbana. Y le digo música urbana a las sonoridades y los ritmos que me remiten a lo que escuche de adolescente: el pop, el rock el rock progresivo.

-¿Cuáles son tus proyectos de acá en adelante?

RR- Quisiera grabar unas cuantas canciones que tengo en carpeta, y por eso estoy tratando de darles un mismo sentido, de unificar un criterio para armar un tercer disco. Me gustaría grabarlo en un estudio con buen sonido y hacer una duplicación industrial, que quede un buen registro. Son las canciones que veníamos tocando con esta última formación, y que hablan de mi manera de ver la vida, el mundo y el sentido de pasar por esta experiencia.


Sairá: Román Ríos (bajo y voces); Cacu Romero (guitarra y voces);  Felipe Chazarreta (guitarra y voces); Daniel Leturia (flauta); Patora Ducret (batería).

Ensamble: Román Ríos (bajo); Germán Reynoso (guitarra, charango y voces); Julia Díaz (voces); Caña de Michele (piano y voces); Carolina Bugnone (flauta traversa); Daniel Quiche (batería). Pasaron por Ensamble además Omar Jara (piano y voces); Cesar Rojas (piano, flauta, voces); Belleza Maddalena (guitarras); Fernando Delorenzi (saxo).

Román Ríos grupo: Román Ríos (bajo y voces); Edgar Urán (guitarra); Rocío Muñoz (voces); Claudio Galván (percusión y voces)

Para escuchar, Román tiene dos discos:


  • La vida me queda lejos en Youtube


martes, 30 de junio de 2020

Franco Fiorotto, músico


La trama de la murga

por Javi Kolker
Foto Jose Ca
Franco Fiorotto está sentado en el patio de su casa larroquense, comiendo mandarinas al sol con su sonrisa grande y contagiosa. Se intuye la tranquilidad llenando todos los espacios y el aire puro de su pueblo al que decidió volver luego de varios años de vivir en Concepción del Uruguay, donde  estudió profesorado de música,  dio clases en varias escuelas y participó en la  murga Manso guachazo.


De estudios

-¿Cómo fue para vos irte a estudiar a Concepción? ¿Sentiste mucho el cambio?

FF- Si bien fue un paso grande para mí, creo que no cambió mi forma de ser, mi esencia.  Por supuesto el hecho de ir a vivir a una ciudad nueva, donde no conoces a nadie, es algo así como empezar una hoja en blanco: sos libre de elegir a  tus amigos, de estar con quien realmente te sentís cómodo y entonces el tiempo compartido es importante. Por ahí cuando uno es más chico tiene a sus compañeros de escuela, a sus amigos del barrio, y a veces no importa cómo son (risas) son esos y ya está… Pero me di cuenta de esas cosas con el paso del tiempo, no mientras iban sucediendo.

¿Y en el aspecto musical?

FF- En lo musical si fue un gran cambio, porque la facultad  te abre un mundo increíble, infinito. También conocer gente del ambiente de la música te lleva a investigar estilos que tal vez nunca hubiera conocido de otra manera. 


Infancia

-¿Cuál fue tu primer contacto con la música?

FF-  No recuerdo algo en particular porque siempre  hubo música sonando en mi casa. Mi papá tocaba  la guitarra y nunca faltaban instrumentos alrededor. El cantaba en la iglesia y además cuando volvía de trabajar en la escuela -es profesor de física-química-  todos los días se sentaba a tocar un rato para descargar tensiones  (risas)

-¿Qué era lo que se escuchaba en tu casa?

FF-La banda sonora de la casa era el  folklore: Los Trovadores; los Carabajal; hubo una época muy fuerte de Los Nocheros. Pero mis preferidos eran Víctor Heredia, Jairo , Leon Gieco… también estaba presente el folklore uruguayo: Zitarroza, Los Olimareños, Larbanois Carrero y Quilapayun, Víctor Jara… era muy variado el repertorio (risas)

-¿Alguno de ellos tuvo influencia en tu forma de cantar?

FF-Yo quería cantar como Jairo, buscaba imitarlo y escuché mucho un disco con referencias bíblicas que se llama Estampitas. Ya en la adolescencia me volqué a cantar Spinetta, Charly García, Pastoral, Vivencia, Pedro y Pablo… buscaba cantar agudito y con fuerza.  Y más al final de la secundaria me copé con el rock: Divididos, Las Pelotas, La Renga, Los Redondos… pero el impacto de la voz de Jairo fue muy grande para mí, es una voz que siempre me transmitió mucho.

-¿Lo seguís escuchando?

FF-Lo dejé de escuchar porque no me gustó más ese estilo de música y porque dejé de compartir la cuestión ideológica. En ese entonces empecé a interesarme más en lo que decían las letras y eso me llevó a dejar de lado algunos artistas y prestar atención a otros.

-¿Qué música es la que más te llega hoy?

FF- Hoy en día escucho más que nada murga y varios cantautores uruguayos: Pitufo Lombardo, Pinocho Routin; Jaime Roos; Drexler. De acá me encanta Lisandro Aristimuño; Juan Quintero… Siento que abrí más el abanico y ya no tengo un solo artista como referente. Pero según mi modo de ver, la música uruguaya está en pleno florecimiento, tienen la posta.

-¿Te acordás de la primera vez que te subiste a un escenario?

FF –Para mí el primer escenario fueron las fiestas familiares: somos 18 primos y todos cantamos, entonces los encuentros  siempre  tenían una guitarreada final con voces y bombos, se hacía percusión con cualquier cosa... vasos, platos, tenedores. El único instrumento real era la guitarra. Todos cantan en la familia: mis primos, mis tíos, mis abuelos, mis padres.  Algunos componen canciones; mi hermano tiene su banda (A lo perro) y compone, toca la guitarra… Ahí empieza todo.


Canciones propias

-¿Cómo fue que empezaste a componer?

FF- Al principio hacía música instrumental. Hubo un tiempo en que me dediqué mucho a la guitarra, porque me compré una de luthier (hecha artesanalmente)  que me enamoró, me tenía cautivado y me incentivaba a probar sonoridades y afinaciones nuevas. De todas las cosas que hago lo que me da más felicidad es sentarme a cantar con la guitarra. Recién al tiempo me picó el bichito de escribir canciones.

-¿Antes no escribías?

FF- Yo siempre escribí pero por el solo hecho de hacer trazos sobre el papel, con lapicera… más  allá de lo que escribiera me gustaba esa sensación. Escribía y después tiraba todo (risas) Más adelante me puse a escribir algunos cuentos fantásticos o con algún mensaje… y recién después surgió lo de las canciones.

-¿y la primera canción que escribiste?

FF- La primera canción la escribí en el balneario Itapé, con la guitarra nueva. Me fui una de esas siestas de verano de mucho calor con la libreta en la que siempre escribo. Me acuerdo que no había nadie en la playa, y me salió escribir sobre la gente que vive en la calle, algo que no había visto en Larroque. Siempre hablo de cosas que me apenan o me conmueven de alguna manera… no he podido escribir cosas alegres aún.

-Pero no tenías tu propio grupo

FF- Nunca estuve en una banda fija hasta que me sume a Manso Guachazo en 2011. Y ahí me quedé hasta que volví a vivir a Larroque.


Trama y murga

-¿Cómo fue tu participación en la murga?

FF-La murga me dio la posibilidad de encontrar personas con las que debatir ideas; de decir y  que te digan en la cara cuando no coincidís en algo, de valorar ciertas actitudes. Me gustó más haber participado en ese grupo, con esas personas  que me dieron su amistad genuina, que el hecho de estar en una murga en sí. Lo de compartir un escenario es muy lindo, pero si me tengo que quedar con algo  me quedo con lo que te decía antes: los conceptos que se debatían hacia adentro;  lo que se decía en las letras y el grupo humano. Musicalmente aprendí cuando empecé a participar en los arreglos corales, pero –de nuevo- lo más lindo era juntarse a discutirlo.

-Contanos un poco de La Trama.

FF-Cuando me volví a Larroque formé La Trama y ahora estamos en plena edición de un disco… ya lo tenemos grabado. El disco tiene diez canciones de las cuales 9 son nuestras y yo  compuse  las músicas y las letras.  También grabamos un cover de los Beatles: Eleanor Rigby–que es casi todo instrumental- y que salió hace poquito en las redes.

-¿Cómo es esta nueva etapa?


FF-La Trama es un proyecto musical que estamos construyendo. Yo siento que tengo la responsabilidad de la composición, de la estética, de lo artístico y es un desafío grande, que me costó horrores encarar. Cuando los llamé a los gurises para proponerles hacer una banda transpiré como loco para decirles lo que quería. Necesitaba  que se entienda que iba en serio, que  había que comprometerse  en los ensayos, en el estudio de las canciones.  Ahora  estamos en la búsqueda de mejorar el equipamiento, de ponerle una impronta más profesional a la que estábamos acostumbrados. En ese camino estamos.

Para escuchar


martes, 23 de junio de 2020

Mi amigo Da Sil


Amigo, poeta, murguero
 por Javi Kolker
Este es un momento triste, pero la historia, nuestra historia, está llena de momentos alegres. Imposible pensar en Carlitos  Da Sil –así me gusta llamarlo- sin alegría.
Y nuestra historia junto a él empezó así. A mediados del 2015 una compañera de la murga me vino a decir que lo invitara a Carlitos: “Es afinado –dijo la Vero- y le gusta cantar. Seguro te dice que sí”. Yo intuía que la cosa no iba a ser tan sencilla como ella la pintaba pero igual le escribí por Facebook. Necesitábamos segundos (los que cantan grueso vio?) y aunque éramos amigos en las redes no nos conocíamos en la vida real. Pero como vaticinó la Vero, y a pesar de mis prejuicios, Carlitos dijo que sí.
Como se dice en el boxeo, los primeros rounds fueron de estudio. El tipo me observaba y yo también a él… y al mismo tiempo tratábamos de agradarnos. Años más tarde, ya amigos de verdad, un día me soltó de golpe: “Mira que me animé a venir Javi… Y eso que me habían dicho que eras la mano derecha de Hitler”; a lo que no tuve otra opción que responder: “Ahora sabes que te estaban diciendo la verdad” y soltamos la carcajada.


Con todo respeto

  Cuando Da Sil se incorporó al Guachazo estábamos ensayando nuestro quinto espectáculo, Con todo respeto, y ya faltaban tres o cuatro meses para estrenarlo. Así que el muchacho tuvo que hacer un curso acelerado de murga (o mejor dicho del Guachazo) y comprometerse a venir a todos los ensayos, cosa que cumplió a medias… pero ya nos había ganado el corazón.
Cuando llegó el momento del pre-estreno - que se hizo en una escuela de Larroque, un evento que organizaban para recaudar fondos- se dio una situación que lo pinta de cuerpo entero: un ratito antes de subir a cantar Carlitos me llamó a un costado y me dijo con su mejor cara de preocupación: “Javi, me olvide de todo! De las letras, de la puesta en escena... estoy descompuesto”. “Cuando te subas al escenario te vas a acordar y se te van a pasar todos los dolores... quedáte tranquilo” le dije entre risas. Al ratito de subir ya se había olvidado de sus miedos y se abocaba a lo que mejor sabía hacer: disfrutar a pleno y poner el cuerpo y el alma en lo que le apasionaba.


Leonard Floyd

  Otra cosa que le apasionaba era hablar de sus músicos preferidos: Pink Floyd y todo lo que derivara de la banda (Roger Waters y David Gilmour como solistas) y Leonard Cohen. Se entusiasmaba a lo loco contando detalles de sus vidas, de cómo se habían grabado los discos, de a quien estaba dirigida tal o cual canción. Como sabía que a mí también me gustaban esos artistas -aunque no con su mismo fervor- buscábamos los momentos para hablar... en los ensayos. Así que más de una vez fuimos apercibidos por la directora para que hagamos silencio, con justa razón.
Tuve la fortuna de hacer un precioso viaje para ver a David Gilmour en Buenos Aires, junto a mi compañera, él y Carlos Arlettaz y no creo equivocarme si digo que disfrutamos más del propio viaje que del recital, que terminamos viendo en la pantalla más que en el escenario.  


Hijos y crianzas

  Un tema que siempre aparecía en las charlas era el de sus hijos, por los que tenía devoción. Siempre tratando de ayudarme con los míos, de aportarme su mirada y su experiencia en la crianza, en la convivencia. Más de una vez antes de ensayar recibíamos un mensaje: “estoy con los gurises –podía ser uno o los 4- pueden ir conmigo?. Se portan bien”... y así venían y se quedaban sentados a un costado y a los pocos ensayos la Luchi estaba cantando las letras y hasta bailando con una sonrisa preciosa.
Una vez charlando en casa –hace no tanto tiempo- nos contaba una anécdota como solo él podía contarla: “Resulta que Ezequiel me pide plata para cortarse el pelo y le doy $100. Ahí nomás me dice que necesita $300... ¿300?? le digo... yo me corto por $50... Vos podes creer que levanta los ojitos y me mira la cabeza... y no me dice nada. Pero solamente con esa mirada me estaba diciendo... y claro! con razón te cobraron $50”! Y ahí estuvimos tentados un rato largo, sin poder parar de reírnos.


Murga alma y vida

  Hemos conversado con varios compañeros de este tema, largo y tendido. En el Guachazo suceden cosas intensas, fuertes... tanto que el tiempo pasa lento y a lo mejor dos años parecen muchos más. Son horas de ensayos, horas de pintarse antes de los shows, horas de hacer trajes...en muchas ocasiones los vínculos que se crean son más fuertes y rápidos que en otra actividad. A veces parece que te conoces de toda la vida… y no es así.
Da Sil participó en solo dos espectáculos de la murga, pero nunca se fue... siempre estaba llegando como Troilo. No se fue del grupo de Whatsapp; no se fue de los cumpleaños, ni de los festejos, ni de los estrenos.  Todos los años volvió a ensayar, y la vida no le dejó tener continuidad... Por suerte siempre quedó claro que podía volver cuando quisiera y de la forma que quisiera.
Es que para estar en Manso Guachazo es necesario comprender que el trabajo es siempre colectivo, nunca individual. Que lo importante es el grupo, nunca el lucimiento personal. Que hay que poder sostener abajo del escenario lo que se pregona desde arriba. Eso es lo que pedimos, aunque no de manera explícita (no se le entrega un manual de reglas al que llega, pero con el andar se va aprendiendo que es lo que queremos como grupo... y no a todos les gusta esa forma y esa exigencia).
Carlitos lo entendió siempre, sin esfuerzo y sin necesitar explicaciones de ningún tipo. Era uno de los nuestros, por eso no es casual –y si es un orgullo- que en estos días recibamos mensajes de montones de gente, saludándonos como si fuéramos su familia... y de alguna forma lo somos, porque los amigos son la familia que se elige y porque siempre recuerdo lo que un día me dijo: “voy a ser un guachazo toda la vida, Javi”.


Amistades bellas y fuertes

  No soy de romantizar la muerte. No creo que mejore a las personas. Cuando lo fui a visitar por última vez, sentados en el patio en reposeras -“veni Javi… tengo yerba uruguaya” fue el mensaje- me dijo que nunca se les había ocurrido –así, en plural- ponerse a llorar, ni entregarse.  Le dije que admiraba su valentía y me preguntó… “te parece que soy valiente?”.
No me quedaron cosas en el tintero. Hace rato que cada mensaje terminaba con un “te queremos mucho, amigo” y el nos respondía igual. No hizo falta la enfermedad para que pudiéramos expresar nuestros sentimientos.
Ese día que fui a su casa yo estaba en la bicicleta, y había llevado la guitarra para cantarle una canción que escribí sin saber por qué –como siempre me pasa- pero que resultó ser para la gente que lucha, para la gente como él. Se la canté con toda la timidez que me produce el cantar cara a cara, para poca gente. Me dijo que le gustaba para canción final de murga. Esta es la letra.

A tu salud

Los sueños que aprendimos a soñar
El árbol que plantamos en el campo
La vida que germina una vez más
Y siempre vamos a brindar nuevamente a tu salud

Los juegos que aprendimos a jugar
La fuerza para nunca entregarse
La risa que germina una vez más
Y siempre vamos a brindar nuevamente a  tu salud

Con la alegría como estandarte
La vida siempre será mejor
Con el abrazo de los que amamos
Y la belleza de la canción

Tengo muchas más historias para contar, muchas vivencias compartidas y una tristeza que no sé como sacarme de encima. Me enojo con el destino, me enojo con el mundo y no me enojo con Dios porque no creo que exista... pero veo la fortaleza de su compañera, de sus hijos, de su familia y no puedo menos que pensar lo afortunado que soy de haberme cruzado en la vida con una persona como Carlitos Da Sil. Abrazo fuerte amigo... te vamos a extrañar siempre.


Algunos de sus compañeros de murga y amigos, quisieron dejar algunas palabras para Carlitos.





martes, 16 de junio de 2020

Discos son amores. Ey de Fito Paez

por Javi Kolker

Soy de la generación que escucha discos. No solo que los escucha sino que además los compra. Ojo. No soy de la generación que nombra a los discos o las canciones en castellano (ni loco le digo Humo sobre el agua a Smoke on the water o El lado oscuro de la luna a the dark side of the  moon) que quede claro. Esa gente es un poco mayor que yo.  La  explicación que le encuentro a este flagelo (chiste) es que en su época de juventud en Argentina los discos venían con los nombres traducidos.
Esa generación es la que se juntaba a escuchar los vinilos en la casa del que tuviera tocadiscos,  la que pasaba tardes enteras  en una pieza - a veces sentados en el suelo, a veces en una cama- alucinados por el último de Zeppelin o de Aquelarre.
Mi generación es distinta, pero también escucha discos enteros. No entiendo cuando me dicen “escuchaste la nueva canción de Charly?”… ¿Cómo la nueva canción? ¡Quiero escuchar el fucking discoooo!!
Hoy les voy a hablar de un disco en particular o más bien de un artista, pero no quiero analizarlo, sino más bien contarles lo que los relaciona con mi vida.

Ey adolescencia

Hacía más de un año que iba a aprender guitarra con el Belle. Más que guitarra, iba a aprender canciones. En esa época estaba bastante fanatizado con Silvio Rodríguez  -escuchaba a más no poder el disco en vivo en Argentina junto a Pablo Milanés-  y Ojalá era la punta de lanza de ese registro, así que fue la primera canción que quise saber. Yo tocaba un poco la guitarra pero no tanto como para aprender ese tema, y el Belle me lo dijo, pero me empeñé y conseguí interpretarlo bastante decentemente. Al principio  las clases eran en  mi casa, pero después de un tiempo me pidió si podía ir a la suya: todos los alumnos iban ahí, y se había armado como una sala para tocar y dar clases. 
Lo de la sala era verdad, pero en el verano nos sentábamos en el patio de esa casona vieja que compartía con otros amigos músicos, y entre cigarrillos y algún vino –de él-  íbamos buscándole la vuelta a la canción que yo quería aprender ese día.
Si yo llegaba con una de moda, tipo Cuanta mina que tengo de Copani, él se las arreglaba para burlarse de eso y por ahí te  cantaba “cuantos monos que tengo, cuanto moño que tengo”.  Pero a veces me sugería canciones y así termine tocando Será que la canción llego hasta el sol, Tema de Pototo y Muchacha ojos de papel de Spinetta,  Seminare de Serú Girán y Un rosarino en Budapest, del primer disco de Fito Paez.
Fan declarado de esos artistas y de varios más,  con su banda tenían que tocar covers de rock nacional de moda para laburar en los bailes y las fiestas. La banda sonaba súper bien y tocaban mucho Soda Stereo, Virus, y cuando querían que la gente descanse o se vaya a tomar algo metían una de David Lebón, que era lo que les gustaba de verdad.
Volviendo a la casa del Belle, me acuerdo que ahí siempre sonaba música  y había casettes desparramados por todos lados. Así fue que un día, cuando la clase se terminaba me dijo “Llevate este cassette, Javier”… y me alcanzó Ey, el álbum de Paez editado hace poquitos días.
Por algún motivo que no recuerdo no lo copié entero. Seguramente debía devolverlo al día siguiente, lo habré escuchado por arriba y mi cabecita de niño de 16 (1988) eligió las canciones más pegadizas o algo así. Lo cierto es que Ey sigue siendo uno de mis discos preferidos de Fito al día de hoy. Recuerdo haber escuchado cientos de veces canciones como Solo los chicos; Polaroid de locura ordinaria (basada en un relato de Bukowski, explicaban las revistas de la época); Por siete vidas (Cacería) y Canción de amor  mientras tanto y no recuerdo tanto las demás… me da la sensación de haberlas descubierto más tarde, cuando ya era fan del rosarino y había comprado todos sus CD.

Pasaron cosas

En el 89 terminé el secundario y me fui a estudiar a Buenos Aires sin saber muy bien por qué lo hacía.  Un amigo de Rosario se había ido a vivir allí por trabajo y nos veíamos seguido. Él tenía grabado el siguiente álbum de Fito, Tercer mundo, y  cada vez que iba a su casa el cassette se escuchaba de un lado y del otro durante todo el tiempo que duraba la visita… así que me lo aprendí casi de memoria.
Ya en el 92 salió El amor después del amor y se desató la Fitomanía: a cualquier departamento, cumpleaños, fiesta, etc., que uno fuera se encontraba con ese disco. Una y otra vez y otra vez más,  el rostro de Fito y sus larguísimos rulos negros nos miraban desde la tapa de El amor… y toda la historia de su romance con Cecilia Roth, y un vestido y un amor y la mar en coche. Invadían el éter como si de una plaga bíblica se tratara. Para ese entonces yo había descubierto que los artistas tocaban en teatros en Buenos Aires –en el interior casi no llegaban músicos de renombre- y que se los podía ir a ver con el simple hecho de sacar la entrada. Así que estuve en la presentación del disco en el Gran Rex, al año siguiente en un recital para la UNICEF en Vélez y después lo vi en unas vacaciones brasileñas en Canas Vieiras, etc.
Mi colección de CD se iba agrandando y ya tenía casi  todos los de Fito: Del 63, Lalala, Ciudad de pobres corazones, Ey, Tercer mundo, El amor después… no compré Giros porque la mayoría de las canciones estaban en un compilado llamado Crónica que fue el primer CD que tuve junto a Rattle&hum de U2 y que aún conservo. Pero sí lo compré más adelante para subsanar el tremendo error de no tenerlo y de perderme algunas canciones memorables como Taquicardia o  Alguna vez voy a ser libre.

Fito beat

Fue mucha la expectativa para con Circo beat –el disco post El amor…-, pero creo que todos los fans nos vimos bastante defraudados a pesar del empeño que le pusimos para que nos gustara. Más allá de la canción para el Negro Olmedo, Mariposa tecnicolor y algunas otras buenas piezas, el disco era bastante inferior a El amor (el  más vendido de la historia del rock nacional hasta hoy). A partir de entonces salieron muchos discos nuevos,  pero a excepción de Abre y Naturaleza sangre ninguno logró cautivarme –siempre había alguna que otra canción buena, claro… estamos hablando de un maldito genio- y solo volví a ver a Fito en vivo un par de veces que se arrimó a la zona: en Colón y en Paysandú.

Poco después llegó a nuestras vidas –la mía y la de mis amigos- el rock barrial (o chabón) de la mano de Los Piojos,  las fiestas del Condon Clu en la Federación de Box  donde veíamos tocar a Las Pelotas; los Obras de Divididos y los estadios de los Redondos. Pero eso ya es otra historia.


https://www.youtube.com/watch?v=9JoS4_7t9zs&list=PLWVo2tank-zy0TmThcO5cIW7OD-ZVbfPO